EL NACIMIENTO DEL PONT D’INCA

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Es Pont d’Inca es el más joven de los núcleos históricos de Marratxí, pero también el que más rápidamente creció. Su historia no se puede desvincular de su ubicación estratégica, en torno a la carretera de Inca y en el límite con Palma.

Las referencias documentales más remotas a la existencia del Pont d’Inca son de época medieval. Así, se tiene constancia de un contrato para la reparación del Pont d’ Inca de 1465, lo que indica que ya existía con anterioridad. Más adelante, en el siglo XVII, se sabe que el Pont d’Inca era uno de los lugares de la periferia de la Ciudad donde se llevaban a cabo ejecuciones.

Ahora bien, en estos casos, cuando se hablaba de Pont d’Inca, se hacía referencia únicamente a eso, a un puente sobre el torrente Gros al camino que iba de Palma a Inca. Además, la referencia dentro del topónimo en la capital del Raiguer indica que fue acuñado por aquellos que, desde Palma, hacían el camino hacia Inca. Por lo tanto, el nombre de ‘Es Pont d’Inca’ proviene del referido viaducto, aunque existe otra posible explicación: que a estas tierras vivía un hombre nacido en Inca y de linaje Pont.

En cualquier caso, a partir de la segunda mitad del siglo XIX en la zona empezó a haber más que un puente, ya que alrededor de la carretera se establecieron diferentes hostales, cuyos clientes eran los campesinos y viajeros que iban y volvían de Palma así como gente que venía expresamente. Los hostales se caracterizaban por sus portales con forma de arco, muchos de los cuales todavía se pueden identificar en algunos edificios de la avenida Antonio Maura.

La forma más común de desplazarse era a pie y hasta la demolición de las murallas, en 1902, las puertas se cerraban por la noche y no se abrían hasta el día siguiente, de forma que era habitual pasar la noche en los hostales y partir a primera hora de la mañana. Entre el Pont d’Inca y Palma también había hostales, pero muchos preferían parar en Marratxí porque, como vimos al hablar del tren, el vino era más barato y de mayor calidad. Además, alrededor de los hostales, sobre todo por la noche, a la oferta de alcohol se añadían el juego y la prostitución. En contraposición, en la misma zona se construyeron segundas residencias de familias burguesas y establecerían escuelas privadas como Santa Teresa o La Salle.

La llegada del tren, además de impulsar el ya destacado sector hostelero, propició la apertura de fábricas en el entorno de la estación y la vía. La industria pontdinquera se caracterizó por una gran diversidad tipológica, aunque predominaron las destilerías de alcohol. De entre todas las empresas hay que destacar dos: Harinera Balear y Industrias Agrícolas de Mallorca. La primera, situada entre el camino de Sa Cabana y la calle de la Farinera, producía harinas, pero, a pesar de vivir un gran éxito, cerró a raíz de la crisis de la filoxera de 1895 y el edificio -que llegó a ser el más alto de Mallorca- fue demolido en 1915. Hoy todavía se conserva la chimenea. La segunda, popularmente conocida como Sa Garrovera, data de 1930 y a partir de algarrobas fabricaba piensos, alcoholes, harinas y productos textiles.

A finales del siglo XIX el Pont d’Inca ya superaba los 400 habitantes. Con todo, a una época en la que la influencia de la Iglesia era destacada, no tenía templo y sus habitantes tenían que desplazar al Pla de na Tesa. Por esta razón, en 1890 comenzó la construcción de la parroquia de San Alonso Rodríguez, según el proyecto del arquitecto Gaspar Bennàssar. La iglesia, también dedicada a Ramon Llull y Santa Catalina Tomás, no fue terminada hasta 1904 porque las obras se financiaban a partir de donaciones. Para su construcción el Obispado y el Ayuntamiento habían comprado una parcela de la posesión de Cals Enagistes. La parte central fue ocupada por la parroquia y la plaza mientras que las tierras adyacentes fueron urbanizadas y se corresponden con el núcleo histórico de Es Pont d’Inca, delimitado por el aeródromo de Son Bonet, la avenida de Antoni Maura y el camino de Son Llàtzer. Con posterioridad, la localidad ha sido escenario de episodios históricos de relevancia, como por ejemplo durante la Guerra Civil, y ha continuado creciendo urbanísticamente y en población. Los más de 18.000 habitantes que suman hoy el Pont d’Inca, Sa Cabana y las urbanizaciones adyacentes representan más de la mitad de los habitantes de Marratxí. Este crecimiento no ha sido continuado ni regular, sino que se ha dado con mayor intensidad en los últimos decenios debido a la oferta residencial, la conexión con el eje Palma-Inca-Alcudia y la ubicación cercana a Palma, pero fuera de ella. Son prácticamente las mismas razones que propiciaron, hace más de cien años, que el pont se convirtiera pueblo.