Fue en Marratxí donde descubrí realmente la cerámica y donde he desarrollado toda mi trayectoria como artista
La ceramista, afincada en Manacor, ha sido galardonada por su obra Sagrament, una instalación de gran formato presentada en la 41ª Fira del Fang de Marratxí. Formada en la Escuela de Cerámica de Pòrtol, así como en la Fundación Pilar i Joan Miró y con diversos maestros del mundo de la cerámica contemporánea, Egórova desarrolla una investigación artística centrada en la relación entre el ser humano, la materia y los procesos de transformación que se producen cuando el barro pasa por las manos del creador.
¿Qué ha significado para ti este reconocimiento en un lugar tan ligado a la tradición ceramista como Marratxí?
Para mí significa, sobre todo, un reconocimiento a un camino largo. Yo no soy de aquí: nací en Rusia y llegué a Mallorca hace más de veinte años. Fue aquí donde descubrí realmente la cerámica y donde he desarrollado toda mi trayectoria como artista. Por eso recibir este premio en Marratxí tiene un valor especial. Es un municipio muy vinculado a la tradición ceramista de Mallorca, así que sentir que mi trabajo es reconocido en este contexto me hace muy feliz.
Tu obra propone una larga serpiente de piezas cerámicas que se despliega en el espacio como un recorrido. ¿Cómo nació la idea de esta instalación?
La idea nació a partir de una reflexión bastante profunda sobre lo que significa la artesanía. En un momento determinado quería presentarme a los Premios de Artesanía de Mallorca y empecé a pensar qué es realmente la artesanía para mí. Fue como un proceso de pensar y repensar, de ir estirando un hilo de ideas hasta que se fue construyendo toda una narrativa.
Llegué a la idea de que cuando una persona se relaciona con la materia, cuando la toca y la transforma, también está construyendo identidad. Esa identidad es como una estructura, una especie de esqueleto. A partir de ahí apareció la idea de la columna vertebral, como una estructura formada por muchas piezas.
La primera versión de la obra era mucho más pequeña. Medía aproximadamente un metro y medio y estaba formada por piezas más reducidas. Durante un tiempo la tuve en mi estudio, colocada sobre la tierra. Con el paso del tiempo empecé a sentir que el mensaje que quería transmitir era mucho más grande que aquella primera pieza. Por eso decidí ampliarla, multiplicarla, alargarla hasta convertirla en una instalación de grandes dimensiones que pudiera impactar más en el espacio.
En el proyecto aparece también una referencia a La Balanguera y a la idea del “fila, fila”. ¿Cómo surgió esa conexión?
Curiosamente, esa conexión no apareció de inmediato en mi proceso creativo. Fue el público quien empezó a verla. Cuando una obra de arte sale al mundo deja de ser solo del artista y pasa a ser también de los espectadores, que la interpretan.
Algunas personas me comentaron que aquella estructura de piezas conectadas recordaba el hilo que hila La Balanguera, el símbolo del tiempo y de la continuidad que aparece en el himno de Mallorca. Cuando lo escuché me di cuenta de que realmente había una relación muy clara.
También me pareció muy interesante que el himno de Mallorca hable de una artesana. Esta relación entre identidad cultural y artesanía me parece muy significativa. Mallorca tiene una tradición artesanal muy fuerte y esta idea de hilar, de construir con las manos, conecta muy bien con el sentido del proyecto.


Parte de tu formación tuvo lugar en la Escuela de Cerámica de Pòrtol. ¿Qué te aportó esta experiencia?
Fue una etapa muy importante. Yo había empezado a experimentar con el barro en otros contextos, pero en Pòrtol encontré una formación mucho más completa. Allí pude profundizar en aspectos técnicos como el torno, los esmaltes o los procesos de cocción.
Mi maestro fue Joan Pere Català, una persona que me aportó muchísimo. Yo siempre iba con una libreta y le hacía preguntas constantemente. Él me ayudó a ordenar todos los conceptos y a entender mejor los procesos técnicos de la cerámica.
También me orientó cuando compré mi primer horno y me enseñó muchas cosas sobre las curvas de cocción y el trabajo con diferentes temperaturas. La cerámica es un campo muy técnico y sin estos conocimientos es muy difícil avanzar.
Marratxí es conocido como el municipio ceramista por excelencia de Mallorca. ¿Cómo percibes esta tradición desde tu práctica artística?
Creo que es una tradición muy viva. Marratxí tiene una historia muy profunda vinculada al barro y a la artesanía, y eso sigue presente hoy en día.
Al mismo tiempo, la cerámica también está viviendo una renovación dentro del arte contemporáneo. Cada vez hay más artistas que utilizan el barro no solo como material artesanal sino también como lenguaje artístico contemporáneo.
Este diálogo entre tradición y contemporaneidad es muy interesante y creo que Marratxí es un lugar privilegiado para ver cómo se produce esta evolución.
Naciste en Rusia. ¿Cómo ha influido ese origen en tu mirada artística?
Cuando era pequeña ya me fascinaba el barro. Recuerdo que con la escuela visitamos una tejería y que después mi padre me dio un trozo de arcilla y aquella experiencia me impresionó mucho. Fue como una semilla que quedó dentro de mí.
El paisaje de donde vengo es muy diferente del de Mallorca. Es una zona muy plana, con colores muy apagados, más grises y terrosos. Cuando llegué al Mediterráneo me encontré con una explosión de luz y de colores. Todo estaba lleno de flores, de contrastes, de vida.
Esa experiencia visual tan intensa me marcó mucho. De alguna manera despertó de nuevo aquella fascinación que había sentido de pequeña por el barro y por los materiales naturales.
Muchas de tus obras se mueven entre la cerámica, la escultura y la instalación. ¿Cómo definirías tu trabajo?
Yo me considero artesana, pero también artista conceptual. Trabajo con barro porque es el material con el que tengo una relación más profunda, pero muchas veces las ideas que tengo necesitan salir a través de otros formatos.
Por eso también trabajo con instalaciones, con fotografía o con otros lenguajes visuales. No me gusta limitarme a una sola disciplina. La cerámica es mi punto de partida, pero mi trabajo va más allá.

Después de Sagrament, ¿en qué proyectos estás trabajando?
Siempre tengo muchas ideas en la cabeza. Hay muchos proyectos que me gustaría desarrollar, especialmente instalaciones que combinen cerámica con otros lenguajes artísticos.
Lo que más me interesa es seguir investigando el potencial del barro como material expresivo, pero también explorar nuevas maneras de construir espacios y narrativas a través del arte.
¿Qué consejo darías a los jóvenes que empiezan a trabajar con el barro?
Lo más importante es escucharse a uno mismo. Cada persona tiene una voz interior y es importante seguirla.
Yo trabajé durante años en hostelería, pero siempre sentía la necesidad de crear. Aunque fuera decorando una mesa o buscando pequeñas formas de expresión. Con el tiempo entendí que la creatividad formaba parte de mi camino y decidí seguirlo.
Cuando tienes esa sensación, lo único que debes hacer es continuar.
¿Cómo es tu taller actual?
Mi primer taller era muy pequeño y estaba en casa. Con el tiempo empecé a compartir espacio con otros artistas en un taller colectivo. Esa experiencia fue muy enriquecedora.
Actualmente trabajo en un antiguo espacio industrial que se ha reconvertido en taller artístico. Es un lugar muy amplio, con techos altos y mucha luz. Cuando entré sentí que era un espacio que invitaba a expandirse, a experimentar y a crear con libertad.
Para mí, tener un espacio así es muy importante porque el entorno también influye en el proceso creativo.


