Javier García Navarro (Llucmajor, 1991) es maestro, padre de dos hijos y vecino de Marratxí. Apasionado por la educación y el desarrollo emocional en la infancia, compagina su labor docente con la lectura, el deporte y la vida familiar. Con Compartir no es fácil debuta en la literatura infantil con un cuento que nace de su experiencia como docente y padre y que invita a niños, familias y educadores a reflexionar sobre la empatía, la convivencia y la importancia de comprender las emociones antes de juzgar las conductas.
Eres vecino de Marratxí. ¿Te gustaría que Compartir no es fácil llegara a los colegios, bibliotecas y familias de Marratxí?
Para mí sería muy especial. Marratxí es el lugar donde vivo, donde mi familia ha crecido y donde este proyecto ha ido tomando forma poco a poco. Me haría muchísima ilusión que el libro pudiera formar parte de las bibliotecas del municipio, llegar a los colegios y servir como una herramienta para trabajar valores con los niños. Sería una forma muy bonita de aportar algo a la comunidad en la que vivo.
¿En qué momento sentiste que había una historia que necesitaba contar y que terminó convirtiéndose en Compartir no es fácil?
No hubo un único momento. Fue la suma de muchas pequeñas situaciones, tanto en casa como en el aula. Veía que, cuando surgía un conflicto por compartir, los adultos tendíamos a centrarnos en resolver el problema rápidamente: «Déjaselo», «Ahora le toca a él», «Hay que compartir». Pero pocas veces nos parábamos a preguntar qué estaba sintiendo ese niño. Ahí comprendí que detrás de una conducta siempre hay una emoción, y sentí que esa era una historia que merecía ser contada.
El título afirma algo que todos sabemos, pero que pocas veces reconocemos: compartir no siempre es fácil. ¿Qué te llevó a abordar precisamente ese tema?
Porque creo que normalizar esa dificultad es el primer paso para superarla. A veces exigimos a los niños algo que incluso a las personas adultas nos cuesta. También nos cuesta ceder, esperar o renunciar a algo que apreciamos. Quería escribir un cuento que no juzgara a los niños por sentir esa dificultad, sino que les ayudara a comprenderla y a crecer a partir de ella.


La protagonista, Alma, descubre que los adultos a veces transmiten mensajes contradictorios. ¿Hasta qué punto los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que les decimos?
Creo que aprenden muchísimo más de nuestro ejemplo que de nuestros discursos. Nos observan constantemente. Si les pedimos que compartan, pero nosotros no somos generosos con nuestro tiempo, con nuestras cosas o con nuestra manera de relacionarnos, el mensaje pierde fuerza. Educar también significa revisarnos a nosotros mismos.
¿Crees que la educación emocional sigue siendo una asignatura pendiente en la escuela y en las familias?
Hemos avanzado mucho en los últimos años, pero todavía queda camino por recorrer. Cada vez somos más conscientes de la importancia de hablar de emociones, de ponerles nombre, pero a menudo seguimos dedicando más tiempo a enseñar contenidos que a enseñar a convivir. Y, sin embargo, saber reconocer una emoción, expresar un enfado o ponerse en el lugar del otro son aprendizajes que acompañarán a los niños durante toda la vida.
¿Qué conversaciones te gustaría que surgieran entre padres e hijos después de leerlo?
Me gustaría que los niños pudieran decir con naturalidad: «A mí también me cuesta compartir a veces», y que las personas adultas respondieran sin juzgarles. También me gustaría que las familias hablaran de cómo se sienten cuando alguien no comparte con ellas, de cuándo les ha costado ser generosas o de por qué algunas cosas tienen un valor especial para nosotros. Cuando un cuento consigue que una familia converse, ya ha hecho gran parte de su trabajo.
Como docente, ¿qué situaciones reales de tu experiencia en el aula te inspiraron para construir esta historia?
Muchas de las escenas nacen de situaciones que cualquier docente reconoce enseguida: discusiones por un material, por un juego o por querer ser el primero. Pero también me inspiraron esos momentos en los que un niño, después de sentirse escuchado, decide compartir por iniciativa propia. Esos pequeños gestos son los que me recuerdan cada día que educar no consiste en imponer, sino en acompañar y validar.
Vivimos en una sociedad que fomenta mucho la competitividad y el consumo. ¿Es hoy más difícil enseñar a compartir que hace unos años?
Creo que el contexto no siempre ayuda. Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a tener más, a comparar y a pensar primero en nosotros mismos. Precisamente por eso es tan importante que la familia y el colegio sean espacios donde los niños descubran el valor de colaborar, de cuidar a los demás y de disfrutar también de aquello que se comparte.
Las ilustraciones de Cris Seto aportan una gran carga expresiva al relato. ¿Cómo fue el proceso de colaboración y qué importancia tienen las imágenes en un cuento de estas características?
Ha sido un auténtico privilegio contar con Cris Seto. Desde el principio entendió que las ilustraciones no debían limitarse a acompañar el texto, sino que tenían que transmitir emociones por sí mismas. En un cuento infantil, la imagen también cuenta la historia. Hay miradas, gestos y pequeños detalles que ayudan al lector a comprender lo que sienten los personajes incluso antes de leer una sola palabra.
El libro está pensado tanto para familias como para centros educativos. ¿Cómo te gustaría que se utilizara en las aulas?
Me gustaría que fuera el inicio de una conversación. Que después de la lectura el alumnado pudiera debatir, compartir experiencias, representar escenas o buscar juntos soluciones a los conflictos cotidianos. El cuento no pretende ofrecer una respuesta única, sino invitar a pensar. Si salen del aula haciéndose preguntas y escuchando mejor a los demás, el objetivo estará cumplido.

Publicar un primer libro siempre supone un paso importante. ¿Qué has aprendido de esta experiencia como escritor?
He aprendido que escribir es solo una parte del camino. Después viene el proceso de revisar, escuchar opiniones, aceptar cambios y confiar en el trabajo de otras personas. También he descubierto la enorme ilusión que hace ver cómo una idea que nació hace un año termina llegando a las manos de las familias.
Después de Compartir no es fácil, ¿ya tienes nuevos proyectos literarios en marcha? ¿Seguirás explorando el universo de la literatura infantil?
La verdad es que no. Acabo de terminar todo el camino que ha supuesto escribir, revisar, ilustrar, editar y publicar Compartir no es fácil, y todavía estoy disfrutando de ese proceso. Ha sido una experiencia muy intensa y bonita, así que, de momento, no tengo ninguna nueva historia en mente.
Ahora mi ilusión está en que este cuento llegue al mayor número posible de familias, colegios y niños. Más adelante, quién sabe. Si algún día vuelve a surgir una historia que sienta que merece ser contada, estaré encantado de volver a escribirla. Pero, por ahora, quiero saborear este momento.


