«Las islas son laboratorios únicos, pero están muy amenazadas»
Anna Traveset (La Seu d’Urgell), investigadora del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA-CSIC) lleva treinta años estudiando cómo se relacionan las especies en las islas —cómo se polinizan, cómo se dispersan las semillas, qué pasa cuando llega un depredador nuevo— y sus hallazgos han cruzado el Mediterráneo para llegar a Galápagos, Seychelles o el Ártico. Recientemente la vecina marratxinera ha recogido de manos del Rey el Premio Nacional de Investigación, el galardón científico más importante de España, en la modalidad Alejandro Malaspina de Ciencias y Tecnologías de los Recursos Naturales.
Acabas de recibir el Premio Nacional de Investigación. ¿Cómo lo has vivido?
Con una emoción muy grande, pero también con el síndrome de la impostora. Conozco muchos colegas a los que admiro muchísimo y que no están recibiendo premios. Llevo mucho tiempo y he trabajado mucho, pero soy consciente de que hay mucha gente que también pone un esfuerzo enorme y no recibe reconocimiento. Diría que representa la recolección de los frutos después de muchos años plantando semillas.
¿Qué tiene de especial estudiar ecología desde una isla?
Cuando llegué a Mallorca, hace ya unos treinta años, me convertí en ecóloga de islas, unos ecosistemas de lo más interesante. Me pareció fascinante porque aquí ocurren cosas únicas. En Cabrera, descubrí que las lagartijas polinizan flores: comen néctar y polen y al hacerlo transfieren el polen de una flor a otra. Eso en un continente casi no se da. En las islas, las especies llevan miles o millones de años aisladas y han evolucionado de formas que nos sorprenden constantemente.
¿En qué situación está el archipiélago balear desde el punto de vista ecológico?
Muy alterado, como cabe esperar de un archipiélago con una presión humana tan alta. Las islas habitadas son siempre las más alteradas, y lo vemos en todos los archipiélagos del mundo donde trabajamos. Nos quedan los islotes como refugios, como santuarios de biodiversidad. Pero incluso eso está cambiando. Por ejemplo, la culebra de herradura, que llegó a Ibiza a través de olivos ornamentales importados sin la cuarentena adecuada, está llevando a la extinción a la lagartija de Pitiusas. Y ahora resulta que, como el agua del mar sube de temperatura, estas culebras pueden nadar y están llegando a los islotes. Donde las lagartijas todavía se refugiaban, ya no están seguras.
¿Qué otras especies invasoras son una amenaza grave en Baleares?
Las ratas, que destruyen nidos de aves marinas. Los gatos. Una superpoblación de cabras salvajes que cada vez está más extendida. Tenemos mapaches reproduciéndose en la Tramuntana. El picudo rojo y la paysandisia, que es una mariposa invasora que está acabando con el palmito, la única palmera autóctona europea. La clave es siempre la misma: si actúas a tiempo, puedes parar la invasión. Cuando ya se ha extendido, ya no puedes erradicarla. La prevención vale mucho más que cualquier intervención posterior, por cara que sea.


Hablas de una sexta extinción masiva. ¿Lo estás constatando en tu trabajo?
Sí, y yo lo llamo una extinción silenciosa. Porque no son solo extinciones de especies —que es cuando una especie desaparece del planeta—, sino extinciones locales de poblaciones. Aquí en sa Albufera llevábamos desde 2008 estudiando comunidades de polinizadores en una zona que querían convertir en campo de golf. Cuando alteraron la mitad del terreno, vimos que habían desaparecido especies que antes encontrábamos. En Cala Mesquida encontramos incluso una especie de abeja nueva para la ciencia. Si se destruye ese sistema dunar, esa especie quedaría extinguida. Y lo más probable es que haya muchas especies que están desapareciendo antes de que podamos siquiera describirlas.
¿Qué te da esperanza?
La naturaleza tiene una capacidad de recuperación enorme si le damos espacio. Lo vimos durante la pandemia: en cuanto los humanos nos retiramos un poco, todo empezó a recuperarse. Yo creo en la restauración. Hay proyectos preciosos en el mundo entero que demuestran que es posible. Y creo en las minorías: no hace falta que todo el mundo cambie a la vez. Con suficientes personas trabajando en la dirección correcta, en suficientes puntos del planeta, se pueden ganar batallas. La guerra está complicada, sí. Pero las batallas, todavía podemos ganarlas.
¿Qué pueden hacer los municipios como Marratxí para ayudar?
Mucho más de lo que parece. No echar pesticidas. No cortar las flores de los márgenes de las carreteras hasta que pase la floración, porque de esas flores viven los polinizadores. No convertir zonas con biodiversidad en aparcamientos o en campos fotovoltaicos. Los ayuntamientos tienen una capacidad real de actuar. No hace falta esperar a que lo haga Europa o el Estado. Y hace falta también educación ambiental: me gusta mucho ir a las escuelas, porque esos niños son los futuros políticos y los futuros gestores.
¿Cómo es tu vida aquí en Marratxí?
Llevo unos veinticinco años viviendo aquí y me siento completamente marratxinera. Me gusta que estamos cerca de Palma pero suficientemente lejos. Cuando llego aquí después de bajar a la ciudad noto la tranquilidad inmediatamente. Me gustan las tradiciones: la Fira del Fang me parece una de las mejores de Mallorca. Voy a pilates con un grupo de la asociación de Pòrtol, gente majísima. Los diferentes ayuntamientos, sean del color que sean, siempre me han invitado a participar. Hicieron una exposición el pasado mes de marzo sobre mujeres notables de Marratxí y también me incluyeron. Me siento parte de esta comunidad.


